
Ines Ordoñez de Lanús
Aturdidos y seducidos por el afuera, nos alejamos de nosotros mismos y de nuestro Creador.
¿Será porque no conocemos a Dios, o porque sólo recordamos falsos rostros de Dios que nos han presentado a lo largo de nuestra historia? ¿Será porque estamos cansados de que nos hablen de Dios con palabras que nada tienen que ver con nuestra vida? ¿Será porque somos personas muy ocupadas y ya no tenemos tiempo para dedicar al silencio y la interioridad? ¿Será que nunca nos llega el tiempo para hacerlo y estamos siempre planificando en hacerlo después?
Incluso muchas veces somos cristianos practicantes y comprometidos en tareas pastorales y, sin embargo, tampoco oramos. Nos definimos como hombres y mujeres de acción contraponiendo estas cualidades a la quietud de la oración.
La voz de Dios resuena en nuestros corazones, pero nos hemos vuelto incapaces de escucharla. Aturdidos y seducidos por el afuera, nos alejamos de nosotros mismos y de nuestro Creador. Lejos del reparo de nuestro corazón, vivimos con miedo y a merced de las vicisitudes de una vida sin sentido; evitamos sufrir porque no encontramos el porqué del dolor, no sabemos atravesar las contrariedades en paz; buscamos seguridades donde no las encontramos y queremos afirmarnos en donde ya no hacemos pie, muchas veces a costa de nosotros mismos y de nuestros hermanos.