La oración y la plenitud de la realidad cotidiana

Ines Ordoñez de Lanús

Sólo la mirada contemplativa nos enseña a ver la realidad en su totalidad, y esto nos da plenitud.


La percepción y la contemplación nos ayudan a “darnos cuenta”. ¿Darnos cuenta de qué?

La realidad cotidiana es lo que vemos y percibimos con nuestros sentidos corporales. Los ejercicios de percepción y contemplación nos ayudan a desarrollar nuestras capacidades espirituales para ser capaces de “darnos cuenta” de esta otra parte de la realidad que no vemos, ni escuchamos ni tocamos… pero que es y está sustentando todo lo que es. Ambas realidades están encontradas y convergen la una y la otra. La contemplación nos capacita para atravesar el límite de la realidad que vemos para “darnos cuenta” de la realidad invisible y profunda que está presente en lo cotidiano. Superar la una para encontrarse en la otra. Estando en una también estamos en la otra. Siempre estamos en las dos, ya que las dos son la misma realidad en su totalidad. Lo que pasa es que nosotros no lo sabemos y vivimos como si esta otra parte no existiera. Nos perdemos la “mejor parte” ya que es la que da sentido y sustento a la otra. Nos quedamos “partidos”, sólo con “una parte”… y entonces nada nos puede colmar, y nos sentimos insatisfechos y frustrados. Aunque la realidad que vemos nos brinde todo lo que necesitamos, igual no nos alcanza, porque nuestro corazón está siempre anhelando “algo más”. Sólo la mirada contemplativa nos enseña a ver la realidad en su totalidad, y esto nos da plenitud. Podemos decir cada día y ante cada situación: “¡Así está bien!”.

Nuestra mente lógica y sucesiva no es capaz de percibir la totalidad de la realidad. Para “darnos cuenta” es necesario “atravesar” la realidad visible; y para atravesarla es necesario estar y permanecer presentes hasta el límite de nosotros mismos. Hasta que este mismo límite nos pone en un umbral en el que finalmente nos rendimos y nos dejamos llevar hacia aquello que no controlamos. El mismo límite nos supera y se transforma en puerta que nos ubica en una realidad hasta entonces desconocida. Es parecido a lo que pasa en la ejercitación física: llega un momento en el que nuestras fuerzas y resistencia llegan a su límite. Si nos mantenemos en actividad algo sucede, cambiamos el aire y aparecen fuerzas nuevas. El cansancio desaparece y experimentamos nuevos bríos. Este límite en la oración aparece cuando sentimos que ya no damos más, y nos dan ganas de terminar con la oración o salir de la contemplación; si permanecemos, experimentaremos este cambio de aire con una experiencia espiritual renovadora.

¡Intentemos abrirnos a recibir la realidad en su totalidad! Allí se encuentra la plenitud que anhelamos.