El tiempo de la oración

Ines Ordoñez de Lanús

Si en el tiempo de la contemplación elijo quedarme con algo (imágenes, pensamientos, ideas), voy perdiendo el todo, que es lo que Dios nos promete.


20 minutos no son nada. Media hora no es nada… se pasa volando. Pero cuando estamos en la oración… ¡Se nos hacen eternos! Cuando estamos orando, hay otra medida del tiempo, porque estamos dejándonos penetrar por la eternidad. Y a veces, la eternidad se nos “hace pesada”, entonces tenemos varias salidas: pararnos e irnos, o quedarnos, pero “irnos” igual, salir de la contemplación. Entonces nos ponemos a pensar cosas de Dios, o nos ponemos a decir oraciones o a cantar. Para Dios. Y nos parece que está bien, porque estamos en oración. En esos momentos podemos elegir: salgo de la contemplación, y aprovecho el tiempo para pensar en otra cosa, en algo más útil… o permanezco con mi atención despierta a la presencia del Señor. Mi atención despierta se me presenta como nada… en cambio todo lo otro que viene a mi mente se me presenta como ideas brillantes, porque es verdad que cuando estamos en el silencio, el inconsciente nos empieza a traer un material muy jugoso.

Contemplar es disponernos a dejarlo todo. Es una experiencia de humillación, porque nosotros queremos saberlo todo, numerarlo todo, controlarlo todo. Y aquí se trata de quedarme con nada, para abrirme al todo.

Es la experiencia de san Juan de la Cruz: estar en Dios es nada, nada, nada. Qué frustración… todo un camino para llegar a nada… pero nada, nada, nada. Porque si en el tiempo de la contemplación elijo quedarme con algo: imágenes, pensamientos, ideas, canciones, sentimientos… voy perdiendo el todo, que es lo que Dios nos promete.

Yo no quiero algo, quiero todo. Pero el todo no lo puedo poseer, porque es todo. Entonces, es percibido como nada. Y así está bien. La nada viene con el todo, y el todo viene con nada. Es la paradoja de los opuestos.

Extraído de un Retiro de oración contemplativa – Luján, 2014