
Ines Ordoñez de Lanús
Vivir la vida cotidiana, contemplándote, Señor, reconociéndote.
Contemplar tiene que ver con mirar y escuchar. Cuando usamos el verbo contemplar, nos vienen a la mente imágenes de las vacaciones, experiencias de paisajes, de arte… Es algo que me atrae de tal manera que me quedo… y sin palabras, enmudecido, porque toda palabra se cae. La palabra más grande es lo que estoy contemplando: la belleza, el movimiento…
Todos tenemos experiencias de habernos quedado extasiados ante algo que contemplamos. Son experiencias que acompañan o están asociadas a los sentidos que se abren: veo, escucho, siento, huelo. Me quedo como abierto, como fuera de mí, y estando totalmente en mí… no es que me aliena lo que contemplo. Es como una experiencia humana que nos saca de los límites habituales, que nos abre a lo que muchísimas veces nos conecta con Dios, con el misterio. Hay un umbral que se corre, se cae, se abre… y nos quedamos contemplando.
Jesús nos dice que para aprender a contemplar a Dios tenemos que aprender a contemplar la vida y contemplarnos entre nosotros.
Vivir contemplativamente. Antes para nosotros la contemplación era un estado de vida. Y teníamos la disociación vida activa-vida contemplativa. No. Es vivir en estado de contemplación, vivir la vida cotidiana, contemplándote, Señor, reconociéndote. Es en simultáneo. Y eso es lo que necesitamos aprender y ejercitar. Los ratos en que nos disponemos a orar de esta manera contemplativa son una gran ejercitación en el arte de vivir lo simultáneo.