Conocer la voluntad de Dios, y vivirla cada día

Ines Ordoñez de Lanús

La voluntad de Dios es el amor. Esta es la decisión y la acción de Dios en nosotros y por nosotros. Es necesaria nuestra respuesta a Dios.


A menudo, estamos confundidos respecto de la voluntad de Dios, y tenemos pensamientos que no nos ayudan a conocer la verdad. Pensamos que la voluntad de Dios es algo terrible. Tenemos miedo a su voluntad, pensando que puede arrebatarnos la felicidad que anhelamos. Nos resistimos a obedecer a Dios porque pensamos que su voluntad se opone a la nuestra.

¿Pero cuál es la voluntad de Dios? ¿Cómo conocerla? ¿Qué quiere Dios de nosotros?

La voluntad de Dios es el amor. Dios es y hace el amor sin división. Lo que es lo hace, lo actúa. Dios no puede sino amarnos de tal manera que nos creó por amor, nos rescató por amor, nos conduce en el amor, y hace todo -si le dejamos- para que también nosotros amemos como él ama y permanezcamos en su amor. Esta es la decisión y la acción de Dios en nosotros y por nosotros. Es necesaria nuestra respuesta a Dios. 

El Camino al Corazón nos enseña, y ayuda a conocer la voluntad de Dios, y a elegirla como la decisión fundamental de nuestra vida. La que le da sentido y orienta todas las demás decisiones. La palabra DIA nos ayuda a acordarnos y a encarnar la decisión de amar, la intención de amar y la acción de amor.  

D: Decisión – I: Intención – A: Acción

D: decidir cada día vivir amando. I: poner la decisión en nuestro interior, como una intención. A: acordarnos de nuestra decisión y dejar que la intención se haga acción: actos concretos de amor. ¿Cuándo? Aquí y ahora. Cada día, la decisión, la intención, y después la acción.

La D: Decisión – Despiertos – Deseo. Para poder vivir cada día esta decisión, tenemos que estar despiertos, porque si estamos dormidos, la vida nos pasa de largo. Despiértate tú que duermes, y Cristo te iluminará (cf. Ef  5, 14). La luz de Cristo hace que amanezca el día en nuestra vida, nos trae las primicias de la eternidad en el tiempo. Esta decisión sólo se arraiga en el corazón cuando verdaderamente lo deseo; entonces toca un anhelo muy profundo que pone una fuerza interior en movimiento; despierta las tendencias que nos tienden -valga la redundancia- hacia aquello que deseamos. La decisión que no está unida al deseo del corazón no tiene fuerza para arraigarse y por lo tanto no nos pone en movimiento. Se queda en una decisión vacía de labios para afuera. 

La I: Intención – Interior – Integración El Señor no mira los resultados sino la intención del corazón que mantiene la tensión hacia el fin que anhelamos al mismo tiempo que desarrolla la atención.

La A: Acción – Actos de Amor – Aquí y Ahora. Por ejemplo: A la mañana elijo algo muy concreto para ejercitar: Todo el día de hoy me acordaré que quiero ser bueno con todos. Voy a practicar el ser amable en mi tono de voz, en mi forma de mirar y tratarlos. A la mitad del día, me pregunto y miro cómo lo vengo realizando y a la noche, como un momento privilegiado del día, hago “la higiene del corazón” práctica excelente para la custodia del corazón. Las escrituras nos hablan de “practicar el bien”; la práctica continua del bien desarrolla la virtud y la virtud constante el buen hábito que conduce a un estado habitual de bondad. Lo que más anhela nuestro corazón es el estado habitual del bien, de la verdad y de la unidad que nos permite ser quienes somos y desarrollar el amor como forma de ser y de estar en el mundo. Nos permite ser buenas personas. Y de esto sencillamente se trata el Camino al Corazón. Dejarnos enseñar por el Maestro a vivir en la tierra como en el cielo, capaces de discernir el trigo de la cizaña dejándonos a-traer por el Presente y siendo capaces de abrazar, al mismo tiempo y sin-distracción, la diversidad de la realidad con sus luces y sombras. La atención nos permite estar presentes y abiertos a la Presencia, dejando que la eternidad irrumpa en el tiempo y nos ponga en comunión con el Eterno. Si aprendemos a vivir así descubrimos una profunda plenitud que nos llena de paz y de gozo. ¡Es tan sencillo! Sólo tenemos que decir sí a Dios y dejar que él SEA en nosotros derramando y actuando su amor. Es un acto de amor y de adoración. Necesitamos confiar en la fuerza de Dios que nos mantiene, nos contiene y nos sostiene, nos tiene en su amor, a fin de que podamos permanecer en él. La higiene del corazón nos permite confrontar los actos cotidianos con nuestra decisión de amar. Grabemos a fuego en la memoria de nuestro corazón.

Cada DIA renovamos la decisión de amar, el Amor se hace decisión, intención y acción. El día se hace entonces un camino de IDA a Dios: DÍA – IDA – A DIOS, como un movimiento continuo, una moción de amor que nos une al AMOR. Y el adiós implica una renuncia, una muerte a todo lo que necesito dejar porque no son parte de mi equipaje en el Camino al Corazón, en mi peregrinar hacia la unión con Dios.  Y que así SEA!!!

Cada día tenemos que renovar nuestra decisión de ver a Jesús en las situaciones cotidianas de nuestra vida. Cada día ejercitar vivir el misterio de lo cotidiano preñado de lo eterno. Cada día intentar vivir el cielo en la tierra. Y cada día ponemos esta decisión en nuestro interior, como una intención, para acordarnos a lo largo del día. La decisión interior nos va ayudando a acordarnos a lo largo del día de actuar como verdaderos místicos: amando a Dios y a los hermanos. Bendito seas, Señor, que nos invitas a trabajar cada día, para hacer de nuestra vida, un acontecimiento pascual, y poder exclamar con gozo lo que aclamamos en el pregón Pascual: ¡Este es el día que hizo el Señor! ¡Alegrémonos todos en él!