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Cómo hacer oración contemplativa

Los pasos de la oración

» La postura de oración

Es muy importante la forma en que dispongo el cuerpo para la oración. Debe ser una postura saludable, en la que pueda permanecer por más de veinte minutos en estado de quietud. No necesariamente es cómoda, pero sí es una postura que me ayuda a entrar en comunión con la trascendencia.

Me siento en una silla o banquito de oración. El banquito me ayuda a adquirir una postura orante y a apoyar equilibradamente el peso del cuerpo en distintos apoyos.

La espalda erguida; la columna vertebral sostiene el cuerpo; el sacro, que es la última vértebra de la columna, mantiene erguida toda la espalda en su propio peso. Puedo percibir un hilo imaginario y luminoso que va desde la coronilla, en el centro de la cabeza, y que atraviesa toda la columna.

Las nalgas, bien apoyadas sobre la silla o el banquito, de manera que pueda percibir el peso del cuerpo sobre los isquiones.

La cabeza se deja sostener por el cuello.. El mentón paralelo al piso, los ojos cerrados para significar la mirada cerrada al afuera pero abierta al interior; los párpados suavemente cerrados y flojos; los labios apenas entreabiertos; aflojo la mandíbula y todos los músculos de la cara.

Los hombros caen como perchas, los brazos se apoyan en los muslos y terminan con las manos que se juntan apoyadas una sobre la otra. Es conveniente apoyarlas sobre un almohadón para evitar que los hombros se inclinen hacia adelante.

Si estoy sentado en una silla, mantengo los pies separados a la altura de las caderas y percibo las plantas de los pies bien apoyadas sobre el suelo o sobre un almohadón. Los muslos apenas se inclinan hacia abajo.

Toda la posición es de descanso y de escucha. Tomo conciencia de mí mismo, de mi cuerpo, del lugar que ocupo y de mi interioridad.

Me dispongo para el encuentro con el Señor.

» La señal de la cruz y el Padre Nuestro

Hago la señal de la cruz con mucha reverencia tomando conciencia de cada una de las palabras que pronuncio y del gesto que realizo. Digo el nombre de Dios al mismo tiempo que realizo el signo de la cruz tocando partes de mi cuerpo. Generalmente lo hacemos en forma mecánica, pero al comenzar a orar queremos salir de esta automatización y “recuperar” el signo. Por eso voy a hacerlo con mucha unción:

En el nombre del Padre…, y toco mi frente queriendo que los pensamientos desciendan al corazón.

En el nombre del Hijo…, y toco sobre mi corazón haciendo un acto de fe en la presencia de Jesucristo en mi interior. Soy templo de Dios; mi corazón es morada de la Santísima Trinidad; soy su sagrario viviente. Allí acontece mi unión con Dios.

En el nombre del Espíritu Santo…, y toco el nacimiento de mis brazos significando toda mi actividad ahora recogida en este momento de oración.

El Padre Nuestro

Cuando comienzo a orar renuevo la decisión de entregarle mi tiempo a Dios dejando que Él sea en mí. Rezo el Padre Nuestro significando que mi oración se une a la oración de Jesús al Padre y que vengo a “dejar” que el Espíritu Santo ore en mí tal como Él nos enseñó.

Inmediatamente después inicio el camino del recogimiento.

 

» El camino del recogimiento

Hago un acto de fe y de adoración en la presencia de Dios. Tomo conciencia de su Presencia en mí, y yo en Él. Renuevo la decisión de estar con Él en este tiempo de oración y la intención de estar presente a su Presencia.

Tomo conciencia de mi cuerpo y acomodo mi postura. Hago tres respiraciones completas y profundas; recorro y relajo las diferentes partes de mi cuerpo, dándome cuenta de cómo estoy y permitiéndome estar así como estoy. Puedo estar dolorido o cansado. Comienzo la oración así como estoy, sin tratar de hacer un esfuerzo por estar de otra manera. 

También tomo conciencia de mi estado anímico: percibo y recibo lo sentimientos y las emociones que siento. Así como me siento vengo a tu encuentro, Señor. No indago el por qué me siento así; sencillamente me recibo y me presento tal como me siento al Señor.  

Percibo mi respiración mientras dejo resonar en mi interior: “Soy yo”. Es Dios quien lo pronuncia en mi interior, y soy yo también quien lo pronuncia: “soy yo”. Inhalo y exhalo dejando resonar esta palabra de oración sin modificar el ritmo natural de mi respiración.

Me quedo respirando en silencio, abierto a la Presencia, todo atento y en un profundo acto de fe y adoración: sé que estás aquí Señor, Tú en mí y yo en Tí.

 

» Silencio y contemplación

Me ayuda repetir en silencio el nombre de “Jesús”, al ritmo de mi respiración. O puedo elegir otra jaculatoria como “Vos en mí, yo en tí”.  Y esta “atención continua” me va disponiendo al don de la contemplación. Y así transcurre el tiempo de la oración, atento a la Presencia.

Y me quedo por 23 minutos (*), con los ojos cerrados, despierto a mí mismo y despierto a Dios. Al terminar el tiempo de la contemplación, rezo el Avemaría y vuelvo a hacer la señal de la cruz.

(*) Es recomendable utilizar un reloj o alarma para establecer el horario exacto. 

Las cinco P: anclajes que nos ayudan en la oración

 

Permanecer en tu Presencia: Queremos permanecer presentes, atentos y despiertos a tu presencia, Señor.

Postura: El cuerpo es un gran aliado en la oración, que nos trae al presente, al ahora. La columna erguida, los ojos cerrados, el mentón paralelo al piso y las manos juntas, una sobre la otra, es la postura adecuada para orar contemplativamente.

Percepción: Despertamos la percepción para darnos cuenta, para tomar conciencia. Nos percibimos para recibirnos. Comenzamos la percepción por la coronilla, recorremos todo nuestro cuerpo con atención a la respiración y a nuestros latidos. Con una mirada amorosa y contemplativa nos percibimos, nos recibimos y nos entregamos. Así como somos y estamos venimos a estar con Dios

Palabra: Es una palabra que se pronuncia desde el eterno silencio del Padre. Unida a la oración de Jesús al Padre en la última Cena, “Tú en mí, Padre, y yo en Ti. Que ellos sean UNO en nosotros, Yo en ellos y ellos en mí. Yo quiero Padre, que los que me diste, estén conmigo donde Yo esté y contemplen mi gloria” (CF. Jn 17, 21-24).

Cuando me dis-traigo, me a-traigo, me dejo atraer por el Señor. Permanecer en su Presencia, con la palabra elegida, la postura adecuada y la percepción en la respiración y en el centro de mis manos juntas, son poderosos anclajes que me ayudan a mantener la atención despierta sólo a Dios.