
Ines Ordoñez de Lanús
No pongamos tanto la mirada en nosotros y en lo que podemos, sino en el Señor. Eso es lo que hacemos en la oración: poner la mirada en el Señor, que está siempre con nosotros, contemplar al Señor… sumergirnos en su amor.
“Yo quiero que los que me diste, Padre, estén conmigo donde yo esté y que contemplen mi gloria, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo esté también en ellos”.
Esa es la voluntad del Señor: que estemos con Él donde Él está. Entonces… ¡listo! Está todo hecho. Porque el Señor, como Sumo Sacerdote, pide por nosotros al Padre, y nos toma, nos une, nos ofrece… Y entramos con Él en esta liturgia celestial de la oración, en este acto de amor, que lo celebramos en el rito de la Misa, pero que se está dando todo el tiempo… Es el cielo, presente en medio de nosotros, en nuestra vida cotidiana. Ahora Jesús nos está uniendo a sí, nos está recibiendo; ahora nos está ofreciendo, ahora se está entregando por nosotros. Y nosotros ahora nos estamos entregando. Es un único acto de amor, en el que el Señor se entrega y nosotros nos entregamos; el Señor nos recibe y nosotros lo recibimos… así como podemos. Y esto ocurre en cada ahora. En cada momento de nuestra vida cotidiana, cuando hacemos las cosas que tenemos que hacer todos los días. El Señor está siempre con nosotros, con todo el poder de su gloria. Y nosotros estamos siempre con Él, como podemos. Como los tres íntimos amigos en el Huerto de los Olivos, que estuvieron con Jesús como pudieron y se quedaron dormidos. Se quedaron con el Señor… como pudieron. En la oración, nosotros también estamos con el Señor como podemos, la mayoría de las veces bastante dormidos a su presencia… ¡pero estamos! El Señor nos dice: Yo los llamo amigos porque ustedes estuvieron siempre conmigo. Somos sus amigos porque queremos estar con Él, como podemos.
No pongamos tanto la mirada en nosotros y en lo que podemos, sino en el Señor y en este amor impresionante que nos acompaña siempre. Eso es lo que hacemos en la oración: poner la mirada en el Señor, que está siempre con nosotros, contemplar al Señor… sumergirnos en su amor.
Lo primero que hacemos cuando empezamos a orar es un camino de recogimiento, de silenciamiento, que nos dispone a estar, y a poner nuestra mirada en el Señor. Pero en este camino encontramos siempre lo simultáneo, lo que se da a la misma vez: por un lado, nuestro deseo de poner la mirada en el Señor; y por otro estas fuerzas que nos vuelven a nosotros, a lo que podemos o no podemos. Y nunca nos quedamos conformes con lo que podemos. Y si estamos conformes, hacemos más fuerza queriendo que no se vaya esta experiencia en la que podemos; y después nos frustramos porque, por supuesto, se fue, y estamos queriendo volver a poder lo que no podemos y alcanzar algo que ya no está más.
Pero nosotros, cuando nos disponemos para orar, queremos poner la mirada en el paso del Señor, que es como el aire que fluye, como el viento, como el Espíritu que sopla por donde quiere. Es el paso del Señor, su permanencia. Como si la mirada fuera a descender, a bajar hacia un lugar más profundo. El Señor nos dice, como a Zaqueo: ¡baja pronto, quiero alojarme en tu casa!
Y esto ocurre en simultaneidad: junto y al mismo tiempo. Y es paradójico porque son movimientos que parecen tan opuestos: estoy presente a la presencia del Señor, y a la vez están presentes todos estos ruidos de mi mente, de mis sentimientos, de mi cuerpo que no se aquieta… mi propio ruido, mi propia distracción. Podemos preguntarnos qué sentido tiene que estemos tan distraídos, tan dispersos en todo el rato de la oración. A veces pensamos que sería más provechoso agarrar un libro, leer algo sobre Dios, meditar, pensar, cantar alguna canción que llene nuestra mente y nuestros sentimientos de “cosas de Dios”, de pensamientos de Dios, de imágenes de Dios, de sentimientos de Dios.
Pero esas son otras formas de oración: la oración vocal y la meditación son formas de oración maravillosas que nos acompañan en distintos momentos del día. Pero cuando venimos a disponernos para la contemplación, tenemos que dejar los caminos de estas formas de oración ya tan conocidas para ejercitar y desarrollar una forma de orar contemplativa, que es siempre desconocida. Y no nos gusta lo desconocido, entonces volvemos a echar mano a lo conocido: el canto, las devociones, las imágenes, los pensamientos, las reflexiones, la oración vocal en la que decimos palabras… Nos disponemos a orar y nos vamos a esos lugares porque son los que conocemos y sabemos los frutos que producen: me hace bien, me ayuda a que no me distraiga.
Tenemos que estar dispuestos a darle la bienvenida a la distracción: que venga la dispersión, el ruido… que venga lo que tiene que venir, porque más hondo, más debajo de eso hay una estancia, un lugar, una morada de mucho silencio a la que el Señor nos quiere encaminar. Es “nuestra casa”, en la que el Señor se quiere alojar, pero Él necesita nuestra colaboración: que estemos dispuestos a “bajar de los árboles” a los que solemos subirnos.
La tentación, cuando nos disponemos a contemplar es volver a lo que conocemos, a lo que controlamos, a lo que estamos acostumbrados. La contemplación nos introduce en tierras desconocidas, en umbrales de misterio… ¡y salimos corriendo a ubicarnos en la tierra firme que ya conocemos! Queremos ir a lugares desconocidos por los caminos que ya conocemos. San Juan de la Cruz lo dice muy bien: “ir a lugares desconocidos, por caminos que desconozco”. Muchas veces quiero ir a lugares que desconozco, por caminos que conozco, que controlo. Pero los caminos que conozco me llevan a lugares que ya conozco. Ahora, Señor, quiero que me lleves a lugares que desconozco… por caminos desconocidos. ¡Quiero que tú seas mi camino! ¡Yo dejo el control en tus manos! Yo soy el alpinista que quiere hacer cumbre, pero no conoce el camino. Sí conoce el camino a los refugios, que son muy buenos… lugares seguros y protectores, lugares que nos hacen bien. Pero ahora queremos hacer cumbre, no ir a los refugios. Necesitamos confiar. Porque en mitad de la travesía, la tentación será siempre volver a los refugios.
Necesitamos confiar y despojarnos, llegar muy vacíos, no querer aferrarnos a nada, disponernos a escuchar sólo la voz del Señor. Pero cuando decimos “la voz del Señor” empezamos a escuchar a estos huéspedes que están muy instalados en nuestros aposentos interiores y que saben todo, y que indican cómo es la voz del Señor que tenemos que escuchar y qué es lo que dice la voz del Señor…que quieren todo, que pretenden ir delante y decir lo que tenemos que hacer y lo que todo el mundo tiene que hacer… ¡Los conocemos! Les podemos poner nombre, reírnos junto a ellos y caricaturizarlos.
Ahora queremos escuchar tu voz. Ahora eres Tú, Señor, y venimos así: despojados, ciegos, sordos… no sabemos nada. Pero nos ilumina la fe, la esperanza, la caridad, que son como los señeros, luces que nos orientan decididamente a Ti… ¡A eso venimos cada vez que nos disponemos a orar así!
Eres Tú, Señor. Cuando me veo pensando y discurriendo, dejo que esto pase, lo dejo estar. No voy a pretender tener la mente en blanco, no voy a pretender que no haya pensamientos, no voy a pretender que no haya imágenes. Todo eso va a estar, y va a discurrir, es el movimiento en mi mente. Es como si pretendiera que el mar no tuviera olas. Las olas van a ser bravas, suaves, calmadas, tempestuosas… van a ir y a volver. El mar tiene olas. Así de sencillo. Es como si pretendiera dejar de respirar porque me quiero aquietar. Voy a seguir respirando, más lento, pero voy a seguir respirando. Mi mente va a seguir produciendo pensamientos, imágenes… ¿en dónde voy a poner mi atención? ¿En las olas del mar que van y vienen con un movimiento vertiginoso o en las profundidades, en el horizonte profundo… tan lejano y tan cercano? ¿En el movimiento incesante de mi mente, o en la presencia quieta del Señor? Disponernos para la contemplación es elegir no atender a nuestros pensamientos, palabras, ideas, inquietud corporal, sentimientos, sensaciones… sino poner la atención en otro lugar que está dentro de mí, pero que no tiene espacio ni ocupa lugar… entonces no lo encuentro tan fácil y me pierdo por el camino y me voy quedando con lo que sí me sale al encuentro, que es lo que ya conozco. Es un lugar que no es lugar, es un estado, una estancia… es la morada de Dios en nosotros.
Este “lugar” se relaciona o tiene referencia con todo el cuerpo: es un resplandor que se irradia en el cuerpo, que resplandece. Entonces, la posición del cuerpo nos ayuda a encaminarnos a ese lugar. Nos quedamos quietos, ponemos la columna derecha, el mentón paralelo al piso, las manos juntas unidas por las palmas de las manos. Son ayudas para comenzar a ejercitarnos en esta forma de oración, que después queremos que sea una actitud de vida. En la medida en que vamos ejercitando el camino hacia este otro lugar, vamos aprendiendo a vivir de una manera más contemplativa: aquietados en medio de la vorágine, erguidos, dispuestos y disponibles, en un estado de proximidad, de cercanía, de escucha y empatía… de amor. Queremos aprender a recibir la vida, con todos los movimientos que esta trae a cada momento, sin dejar que nos “revuelque” y que nos arrase. Porque voy aprendiendo a no identificarme con las cosas que pasan, sino que mi identidad, mi profundidad, está identificada con el Señor y con esta quietud, con esta permanencia, este “estar”, que es un bienestar, que da calma, paz… que se irradia y se comparte con los demás. Este “estar bien” se ejercita y se va haciendo cada vez más permanente, pero mientras no es tan permanente, voy conociendo el camino, con entradas y salidas… hasta que puedo estar y quedarme, aunque haya una parte mía que puede estar ocupada en otros lados, porque la atención va quedando cada vez más fija en este lugar tan sagrado que es el que nos da la paz duradera…
Es lo mismo que nos pasa en la oración: vamos caminando hacia un lugar, un estado, pero mientras esto todavía no está, hay un movimiento de entrada y salida, una tensión que se da en simultáneo a mi atención. Hasta que no aprendemos a aceptar lo simultáneo, estamos molestos con tanto movimiento… nos encantaría que desaparezca para que podamos ver… Es como querer que desaparezcan las olas del mar para poder ver qué hay en sus profundidades. ¿Cómo permanecer en esto que no es lo que queremos? ¿Cómo sostener esto que es molesto? El Señor lo sostiene. El Señor va cuidando y sosteniendo nuestras entradas y salidas. Él es el guardián, el centinela… cuida nuestras entradas y salidas, mientras nuestra intención va siendo quedarnos siempre. ¿Qué es lo que me mantiene siempre? La esperanza. Porque yo no puedo. La esperanza es como un ancla que ponemos en el Señor, y esa esperanza mantiene, tiene, sostiene las idas y venidas. La esperanza es lo que nos da confianza, paciencia, fuerza para permanecer, porque nosotros esperamos en el Señor, no en nosotros. Y entramos y salimos. Pero si ponemos la esperanza en nosotros mismos, en que vamos a poder, en que lo vamos a lograr… nos cansamos y nos frustramos y terminamos con dolor de cabeza. Y aquí aparece otra vez lo simultáneo: hay una parte mía que pone toda la esperanza en el Señor; y hay otra parte mía que todavía cree que lo voy a lograr, que voy a poder, que me va a salir como yo quiero que me salga; un voz que me dice: yo voy a poder, yo voy a poder… Es igual que en la vida. Hasta que llega el momento del knock out, en el que esta parte se rinde, se desactiva. Pero mientras esté activa, la dejo en simultáneo, que esté… ¡porque está! Y si no quiero que esté, voy a estar yo todo el tiempo de la oración luchando contra ella. La dejo estar… mientras voy dejando mi atención en el Señor: yo creo y confío en el Señor. Creo y confío en el Señor… y aquí me quedo. ¿Cómo? ¡Quedándome! Y aquí nuevamente el cuerpo me ayuda y hace alianza con mi decisión y mi atención, y sencillamente, se queda, permanece en actitud de quietud. Entonces, me pasa de todo, porque en mí están estas partes todavía divididas, que están sostenidas en mi cuerpo que se queda, en una quietud esperanzada, aunque me pasa de todo. Esta quietud sostiene la in-quietud. No me dejo llevar por la inquietud. Me quedo. Entonces el cuerpo es el primer ancla que manifiesta ya mi deseo: estoy aquí y me quedo. Adentro mío puede haber inquietud, pero mi cuerpo permanece en quietud, y esta quietud es una invitación a ir de a poquito reposando.
El cuerpo es un gran maestro de oración. La espalda erguida, la cabeza levemente inclinada, las manos juntas, los ojos cerrados, los apoyos del cuerpo bien asentados en la silla, el suelo o el banquito de oración… son las pequeñas referencias externas que nos ayudan a quedarnos. A sostener nuestra quietud y dejarnos sostener por el Señor: dejar que el Señor nos tenga y nos sostenga, y mantenga esta tensión que se da en nosotros. La atención puede contener la tensión. ¿Quién contiene la atención? El Señor, que vino con su cruz, y se instaló entre los opuestos, y los unió en sí mismo. Todo el proceso de la Redención se da en nosotros, como un acto de Dios que sostiene nuestras vidas… pero que requiere nuestra colaboración: quedarnos y permanecer. Esto sucede en lo cotidiano de nuestras vidas y sucede en el ejercicio de la contemplación, que nos ejercita y nos entrena para vivir de una manera contemplativa.
Nuestra colaboración es quedarnos y permanecer en el amor. El Señor hace lo demás. Él viene a nosotros, está viniendo ahora, a cada instante, como en un soplo que nos regala su Espíritu con sus siete dones. Son dones que vienen a nuestra inteligencia, a nuestra mente, a nuestro corazón. Y nos dan la paz y nos pacifican. Y nos hacen más sabios… Y la sabiduría se expresa en este aprender a vivir, a dejarnos enseñar por la vida.
En la oración y en la vida, la sabiduría se expresa como esta tensión a Dios, mientras vamos entendiendo, la sabiduría va adelante: hay algo que sabemos y hay algo que no sabemos, que desconocemos, pero igual entendemos. Este entender conlleva tensión. ¿Qué entiendo? Que eres Tú, Señor. Pero hay una parte que no comprende, al mismo tiempo que entiende. Entonces, el don del entendimiento hace que yo pueda tender. Y otra vez aparece lo simultáneo: esto que no comprendo, y esto que sé. Entonces puedo decir: yo creo y confío.
Mi entendimiento hace que yo crea y confíe, al mismo tiempo que tengo dudas y preguntas, al mismo tiempo que te adoro y me postro. Ésta fue la experiencia de los apóstoles en la montaña de Galilea antes de la Ascensión del Señor. Se postraron y algunos dudaron.
En simultáneo. Hay como un entendimiento que hace que yo entienda que eres Tú, Señor y me tienda, y eso mantiene la tensión, en una atención… pero esta misma atención es una contención. Parece juego de palabras, pero el Señor es la Palabra. La Palabra se hizo carne, para darnos a conocer, para revelarnos a Dios. Entonces nuestra palabra se revela, se descubre, se desviste, hasta que finalmente enmudece y nos lleva al encuentro con la Palabra viva, que eres Tú, Señor.
La palabra viva del Señor dice: SEA. Y es. Es acto puro. Que sea, y hazlo Tú, Señor. Este es el SEA del Señor que se nos va descubriendo en la oración: un verbo que es y está. ¿Qué es y está? Está Dios mismo en su ser, entregándonos su ser, para darnos vida. Que sea. Soy yo y acá estoy. ¿Pero quién soy yo? Eres Tú, Señor. Soy yo, identificándome cada vez más a Ti. Soy yo, como una emanación, de tu ser, soy tu hijo, engendrándome en tu SEA, en tu ser. Me descubro en Ti, Señor. Pero eres Tú. “Fuera de mí no pueden hacer nada, separados de mí están secos…” Eres Tú, Señor. Esto es lo que entiendo en la oración, pero sin entender. Esto es lo que sé. Es el don de sabiduría y de entendimiento que me da un consejo: quedarme aquí. Y entonces se me va revelando esta ciencia del amor. Y el amor tiene razones que la razón desconoce. Entonces, puedo quedarme así y aquí: eres Tú, Señor. Que seas en mí, Tú en mí y yo en Ti.
Entonces se conjuga el Verbo. El verbo conjuga en nosotros el ser, para que seamos en Él. Nos regala el ser continuamente. Pero en simultáneo a esto que sabemos, somos unos ignorantes que vamos buscando vida en cualquier otro lugar que no sea en Tú, Señor… y vamos quedando muertos en medio del camino, vacíos, insatisfechos… Pero al mismo tiempo, si nos quedamos, el Señor nos va dando la vida, nos va revelando nuestra verdadera identidad, nos hace estar. Aquí estoy, presente. El Señor es el que es, el que está y nos regala esta capacidad de reconocer el tiempo como don preciosísimo. Cuando vivo el tiempo en Dios, ya este tiempo está preñado de Eternidad. Ya no me inquieta ni me devora porque vivo en la eternidad. El cielo en la tierra, en este tiempo redimido, porque somos hijos de Dios, hijos del Eterno. Y la eternidad ya está en nosotros, es el Reino. Este es nuestro aprendizaje en la oración que se ejercita en la vida. El Señor conjuga este Verbo para que aprendamos a estar en el mundo sin ser del mundo. A estar en Dios que está siempre con nosotros hasta el fin de los tiempos y nos regala la suma del todo que es el amor. Todo es igual a amor. Dios es amor. El que ama conoce a Dios y el que no ama no conoce a Dios.
¿Qué es la oración? Es Ser, Estar y Amar. Soy yo, Estoy aquí, amando. Esa es la alianza. Las nuevas bodas, las nupcias, lo que nos hace fecundos. Entonces, la contemplación se trata de nupcias, de desposorios. Significada en el matrimonio, en lo conyugal, en los esponsales, de donde viene la fecundidad. Solamente en Dios somos fecundos. De eso se trata la contemplación.
Entonces, que sea. Y dejamos que el Espíritu venga. Se trata de dejar que el Espíritu nos vaya revelando nuestra verdadera identidad, y de estar cada vez más presentes, ahora. No importa el contenido del Ahora. Importa el Ahora. Estando en el ahora, el ahora sostiene el contenido que puede ir y venir, que pasa. Pero es el Presente. Y en el Presente estás Vos, Señor. Estando presentes estamos en presencia, y ahí respiramos, y eso sostiene este contenido que va y viene. Y de eso se trata la contemplación.
Y ahora nos podríamos quedar en silencio, porque ya está todo dicho. Es lo que hacemos en la oración. Está todo dicho lo que hay que decir, y nos quedamos en silencio repitiendo: SEA. Es lo único que decimos y repetimos, y repetimos, y dejamos que el Señor lo siga diciendo en nosotros, y lo repita y lo vuelva a repetir… porque nos olvidamos. Y cuando nos olvidamos podemos volver a acordarnos: estás aquí, estás en mí, creo, confío. Está todo dicho. La Biblia empieza con la frase: “Y Dios dijo”, y termina en: “Amén. Así sea”.
Por eso la contemplación no se trata de nada, más que estar abiertos a que el Señor SEA en nosotros. Nos podemos aburrir, impacientar, enojarnos con nosotros mismos, con nuestros propios ruidos corporales o internos, o con los ruidos de los demás. Permanecemos y nos quedamos abiertos a que pase lo que pase, sabiendo que es el Paso del Señor. Y así mismo es en la vida, con las cosas que nos pasan. Vengo a la oración a estar contigo, Señor. Con lo que sea que me pase. Como sea. Y lo que me cuesta en la oración es lo que me cuesta en la vida. ¡Y qué bueno que la oración nos lo muestra! Porque en la vida no nos vamos dando tanta cuenta…
Reflexión de Inés Ordoñez de Lanús – Retiro del SEA abril 2015